sábado, 13 de septiembre de 2008

Ojalá

Mola.

video

Vía Servidora.

(También se puede descargar de aquí).

Actualización 10/07/09: Servidora falleció en primavera de este año. Que este vídeo sirva de homenaje y como recuerdo para aquellos que la conocieron.

lunes, 21 de abril de 2008

La frágil paz de Olimpia

NOTA PREVIA: ¡Hola! Sé que todos me echabais de menos, pero aún no cantéis victoria. Espero haber vuelto para quedarme, pero, ¿quién sabe? Por otro lado, para aquellos que habéis leído mis últimas dos entradas y habéis vomitado sierpes y sapos al ver que eran de política, lo siento: preveo (puedo equivocarme, pero es así) más entradas de ese tipo en próximas actualizaciones de este blog, aunque eso no significará -espero- que desaparezcan las entradas de otras temáticas. La de hoy, sin ir más lejos... ¡es de política! ¡Ajajá!

Coincidiendo con la proximidad de los Juegos Olímpicos de Verano en la China (que se celebrarán este mismo año), unos desaprensivos, que responden al nombre de "tibetanos", dirigidos por su malvado líder, el Dalai Lama (*truenos y relámpagos, acorde siniestro*), han decidido molestar a la pobre superpotencia china con protestas y berrinches para que todo el mundo se haga eco de su pérfido objetivo: obtener su libertad colectiva, que ellos dicen aplastada por las tropas de nuestra querida República Popular.


Fuera bromas, creo que la situación de Tíbet es francamente lamentable, no sólo por la tragedia humana que supone, sino por su traducción política: una comunidad de millones de seres humanos (curiosamente, casi la misma población que Galicia: cerca de 3 mill.) privados de los mínimos derechos y libertades civiles y humanas (estoy pensando en la democracia, la seguridad física y el Estado de Derecho). Encima, dirán ellos, sufren el drama nacional de vivir bajo la dominación de otro pueblo, aunque ese es un asunto que yo, personalmente, relativizo: para mí, el problema de los tibetanos no es con los chinos, sino con unos dirigentes sobre los que no tienen ni un mínimo control (es decir, que los chinos tienen el mismo problema) y que ni siquiera han elegido. En efecto: la ausencia de democracia es la clave que legitima, a mi entender, las protestas.

Ahora bien: ¿deben los países que se autodenominan -con sus propias contradicciones- "promotores de la democracia" boicotear los Juegos Olímpicos chinos? Para entender la argumentación de mi respuesta, creo que es necesario ver antes qué significan para mí los Juegos Olímpicos.

Los Juegos Olímpicos eran, para los griegos, una tregua destinada a permitir lo que ellos consideraban más importante que sus trifulcas interpolitanas: el correcto culto a sus dioses comunes (panhelénicos). Sólo más adelante, hombres de nuestro tiempo vieron en aquellas fiestas la celebración del deporte y las virtudes que implica. Por esta razón, el significado que tienen nuestros Juegos, los Juegos que aquellos hombres recuperaron en 1896, es un poco diferente al original: hoy en día, a través de los Juegos Olímpicos reconocemos que el valor de unión, sana competición y superación que aporta el deporte a las comunidades humanas debe ser celebrado, sea cual sea la religión, etnia, lengua, edad, sexo, ideología, frontera o conflicto que dividan a los deportistas (lo que implica no freír a tiros a nuestro enemigo en cuanto le veamos pisar la pista).

Es cierto que los intereses extradeportivos han prostituido estos juegos, especialmente intereses económicos en torno a la elección de la sede de los Juegos (crecimiento económico, empleo, prestigio internacional...) e intereses políticos (que utilizan a los deportistas y la competición deportiva como sucedáneo de la guerra real). Pese a ello, no debemos permitir que los Juegos se pierdan o sean perturbados por ningún conflicto político: el valor del deporte es real, y el valor de los Juegos como un foro multilateral en el que deportistas de todas las naciones de la Tierra juegan entre ellos a algo sano, sin violencias ni odios (algo que debería reivindicarse), también es real. Los Juegos no son perfectos (hoy en día, p. e., despiertan sentimientos tribales), pero tienen un enorme potencial.

Expuesto esto, entenderéis mi posición: creo que los Juegos son patrimonio de la Humanidad, de las personas, de los atletas y las sociedades que respaldan a éstos atletas. No es propiedad de los gobiernos, muchos de ellos corruptos y/o tiránicos, que patrocinan los Juegos y pretenden convertirlos en palestra de su grandeza y poder. La sociedad china tiene muchos y muy grandes atletas por los que merece que los Juegos se celebren en su territorio. Quizás podría echarse en cara al COI que eligiera China como país anfitrión de la competición, pero esta organización no debe guiarse por criterios políticos, pues eso iría en contra del espíritu mismo de los Juegos.

Al margen de todo ello, creo que las sociedades -supuestamente democráticas- de estados -supuestamente- "promotores de la democracia" deberían presionar a sus gobiernos para que éstos actúen, al menos, con antipatía y abierto reproche frente a los gobiernos corruptos y anti-democráticos del mundo, no sólo en la cuestión olímpica (y no sólo contra China), sino por defecto. Es muy probable que, debido a las dependencias económicas ineludibles entre estados y las presiones del capital sobre el poder político, nuestros gobiernos no pudieran satisfacernos adecuadamente, pero esta desconexión entre gobiernos y gobernados es una situación lamentable que no deberíamos aceptar y que deberíamos intentar solucionar.


jueves, 28 de febrero de 2008

Son imagiNaciones tuyas...

UNA CHARLA MÁS

Hoy, día 28 de febrero, mi colegio mayor ha contado con la presencia de un hombre del BNG, un tal Jorquera (cabeza de lista, creo, por Coruña), invitado para exponer un programa que, debo añadir, me ha gustado en muchos de sus puntos. La verdad, poco esperaba de esta charla, pues el partido al que probablemente votaré (UPyD) y aquel que espero que haga gobierno (PSOE) ya habían venido a exponer, por lo que ya sólo me interesaba escuchar la propuesta del PP, más que nada por sus grandes probabilidades de ganar.

Pero mi desidia inicial no sólo estaba motivada por esto: en realidad, desde hace mucho tiempo, mi antipatía hacia los nacionalismos de todo signo (especialmente, lo confieso, los secesionistas) se ha ido haciendo cada vez mayor, hasta el punto de que voy a votar por una opción política que los rechaza de plano en su programa.

Por eso, mi sorpresa ha sido mayúscula cuando me he encontrado mostrándome de acuerdo con muchas de las políticas que sugería este señor. Sobre todo, porque mis ideas fundamentales son, de hecho, incompatibles con las de cualquier tipo de nacionalismo. Ahora sé, sin embargo, que en su concreción práctica, al menos a corto plazo, sí puedo llegar a coincidir en muchos puntos con los nacionalistas.

NIVELES DE AUTOGESTIÓN Y AUTOGOBIERNO

Por ejemplo, creo en la autogestión de los recursos y en el autogobierno, y por ello los nacionalistas y yo coincidimos en cuestiones de descentralización o de traspaso de competencias (no todas, claro), pero no creo que exista una unidad básica de soberanía más allá del individuo (la nación, en este caso, pero tampoco la clase, la confesión, el sexo quizás, etc.). Creo, en efecto, que las comunidades deben gestionar sus propios recursos y hacerse responsables de su propia organización interna, pero creo que esas comunidades son tanto los núcleos habitacionales (parroquias, aldeas, ciudades o municipios) como áreas mayores (desde comarcas y autonomías hasta estados, organismos macro-regionales como la UE o el mundo en su conjunto), dependiendo de la faceta de la vida en común, social, política o pública (como quiera llamársele, ya que es todo lo mismo) que se esté tratando: gestión de servicios urbanos, telecomunicaciones, comercio, justicia, educación, sanidad, cultura, medioambiente... Por eso creo que la soberanía es multipolar y no puede identificarse con un colectivo de ningún tipo o dimensión (como la nación, sea cual sea) sino que debe radicarse en el individuo y en su sociedad con otros individuos (contrato social), concretada a través de diversas instituciones de representación democrática.

COMUNIDADES IMAGINADAS

A los que me quieran contestar que la nación (por ejemplo) es una unidad política, histórica o social objetivable, les diré que ese tipo de concepciones identitarias son casos de comunidades imaginadas, es decir, construcciones mentales mediante las cuales los individuos imaginan cómo debe de ser (y, en consecuencia, cómo debe ser) la naturaleza de su relación con los demás, elucubraciones sólo válidas, según el principio de libertad de creencia, para quien cree en ellas.

Además, creo que la historia nos demuestra que esto es así: la historia, que en el fondo no es más que cosas que les suceden a la gente, consiste en la mezcla constante de los individuos y las sociedades (migraciones) y los cambios constantes de sus circunstancias y características religiosas, económicas, sociales, políticas, culturales, etc. En definitiva, la historia sólo son personas haciendo cosas en un momento y en un lugar concretos. Nada más: ni naciones con un destino preescrito, ni lucha de clases, ni choque de civilizaciones.

POLÍTICA DE POSIBLES

Así que esa es mi declaración de principios: creo que se puede hacer política práctica (legislación económica y social, por ejemplo) con aquellos que no piensan como yo en cuestiones aparentemente fundamentales. Por supuesto, este gobierno-negociación tiene sus límites, y ambos interlocutores deberán asumirlos y tenerlos muy presentes, evitando caer en dependencias electorales y evitando también traicionar a sus votantes.

CONCLUSIÓN: EN DEMOCRACIA

En conclusión, sorpresas como las que me dio el café-coloquio de hoy con ese señor del Bloque son las que me hacen creer en la democracia. Votaré a UPyD, pero nunca más despreciaré ni le faltaré al respeto (y, desde luego, no demonizaré, algo que odio y rechazo) al contrario. No sólo eso: creo que los nacionalismos son necesariamente egoístas pero también que, en contra de lo que creen algún amigo mío, eso no es malo, sino, al contrario, muy legítimo y, en su justa medida, saludable. Toda opción política es egoísta en cierto sentido, así que, mientras acepte el juego, con sus reglas de tolerancia y respeto, debe poder jugar.

Hombres buenos

Después de haber contestado de nuevo a los comentarios a mi entrada anterior, creo que ya he liberado suficiente ira como para poder escribir, como me propongo, con un poco de calma. Probemos.

Primero haré un breve relación de los hechos:

Hace unos días, un buen amigo me sugirió asistir a una manifestación contra las agresiones de supuestos universitarios a conferenciantes políticos (ocurridas aquí, en la USC, pero también en otras universidades de toda España, a ponentes de ideologías muy distintas). La conferencia sería el día 28 de febrero a las 12.00, frente a mi facultad. Por conciencia, entenderéis que me sintiera obligado a asistir, aunque la manifestación corriese el riesgo de ser mediatizada por cualquiera de las fuerzas políticas. Y es que considero que el derecho a la libertad de expresión y la condena de la violencia, verbal o física, forma parte de una cultura democrática que debemos proteger y fomentar. Por esta razón, supuse que la iniciativa reuniría a una parte importante del alumnado, independientemente de su afinidad política. En fin. Cuando me personé en el lugar correcto y a la hora concertada, no me lo podía creer: había sólo siete u ocho personas dispuestas a apoyar la manifestación. Esperamos un poco, pero cuando quedó claro que seríamos los únicos que acudiríamos, se leyó un comunicado breve y moderado (que me pudo gustar más o menos, pero que no decía nada fuera de lugar y sí muchas verdades) y luego nos fuimos, no sin antes ser ligeramente insultados por un grupo numeroso de estudiantes (más numeroso que el nuestro, al menos) que nos llamaron "fascistas" y nos sugirieron que deberíamos estar "fora da Universidade". Por lo visto, tenían pensado hacer una contra-manifestación que chocase con la nuestra, pero el aspecto lastimero y ridículo que tenía nuestro grupo debió de darles pena. No quisieron sentirse como unos abusones, supongo, así que se conformaron con burlarse de nosotros. Diez minutos después, volví a mi clase. No fui capaz de atender a nada de lo que dijo la profesora.

Ahora que estoy más calmado, creo que puedo hacer un escueto balance de como me sentí: humillado, herido, lastimado. Pero lo peor fue lo que vino después: la frustración. Supongo que fue por el pánico, pero cuando uno de los contra-manifestantes, sintiéndose amparado -sospecho- por la masa que le respaldaba, nos lanzó algunos insultos y comentarios mordaces, sólo pude sonreír, como un ciervo paralizado. Después, se me ocurrieron algunas cuantas cosas para decirle, ingeniosas y sólo tácitamente agresivas, algo que me habría permitido reducir su aplomo a una merecida humillación. Lo de siempre, ¿verdad? Supongo que eso es lo que el pretendió hacerme, con bastante éxito. Esa reacción mía fue sólo fruto de la humillación que experimenté en ese momento. Quizás sea mejor que no se haya sabido reaccionar en ese momento.

Pero lo peor de todo es lo que siento ahora: desamparo y decepción. ¿Realmente hice algo que se mereciera una recepción semejante? Creo que yo, como ellos, tengo derecho a expresarme, siempre que no impida de esa forma que otros se expresen. No creo que nadie tenga derecho a acallar o agredir a otros, y mucho menos a demonizar al contrincante, práctica bastante extendida en este país. Eso era lo que yo quería defender en esa manifestación. Sé que muchos opinarán que los contra-manifestantes eran sólo unos estúpidos, o unos niñatos, o unos revolucionarios de salón, o unos intolerantes, o unos etcétera etcétera. Pero ahora no voy a criticarles a ellos. Lo que ahora me llena de ira es que nadie saliera en mi defensa. No creo que estuviera equivocado. De hecho, creo que mucha gente estaría de acuerdo conmigo. ¿Qué sucedió? ¿Nadie creyó que mi derecho a manifestarme pacífica y respetuosamente mereciera ser defendido? No se trataba de compartir y apoyar lo que allí se dijo. Se trataba de defender nuestro derecho a decirlo.

Hay una frase que siempre ha tenido un gran significado para mí, pero hoy se me hace especialmente dolorosa: basta el silencio o la inacción de los hombres buenos para que unos pocos malvados impongan su ley. Esos hombres buenos que dan título a mi entrada no son aquellos con los que me reuní frente a mi facultad para defender, desde el respeto, un derecho que es de todos y para todos. Al fin y al cabo, de todo habría en nuestra viña.

Los hombres buenos que dan título a esta entrada son esa gran mayoría del alumnado que oyó como éramos humillados por defender nuestras creencias y, aún sabiendo que lo correcto tal vez hubiera sido intervenir, decidieron no hacer nada.

A ellos les dedico esta entrada.

PS. También dedico esta entrada a Anido, un hombre bueno y valiente que se atrevió a ser la cabeza visible de nuestra manifestación. Puede que no esté de acuerdo con él en las formas y no apruebe todo lo que piensa (e incluso puede que piense que deberías centrarte más en tu tesis, Anido), pero en cosas como lo de hoy, siempre le apoyaré.


Actualización 2008-04-21: Reniego en parte de muchas de las cosas que dije en este post, evidentemente fruto de unas enormes humillación y frustración mal llevadas. El caso es que esa manifestación no fue tal, de lo mal organizada que estuvo. Incluso hay algún punto oscuro que no quiero ni recordar. El fondo del artículo, sin embargo, creo que sigue siendo muy válido.

viernes, 4 de enero de 2008

Miserables fiestas

Odio los regalos de Navidad (o de Reyes, o de lo que sea). Odio verme obligado por una abrumadora presión social y familiar a hacer regalos a nadie (salvo a extrañas e incomprensibles excepciones), y odio hacer esos regalos. Me resulta muy desagradable y no quiero hacerlo. El esfuerzo mental a la hora de elegir un regalo para una persona cuyos gustos apenas puedo imaginar y el desgaste físico que implica ir a comprarlo en estas fechas tan agobiantes es insoportable. Gastar un dinero que no me sobra (y que, aunque no me falte, no me siento en el derecho de usar libremente, porque no creo haberlo merecido) me resulta especialmente doloroso y obsceno cuando es para alguien cuya satisfacción, alegría o felicidad al recibir lo que yo le pueda regalar no significan nada para mí. Quizás suene muy mal, pero no quiero comprarle nada a mis abuelas ni a mi abuelo, ni a mi padre ni a mi madre ni a mis hermanos, ni a nadie de mi familia ni a casi nadie de mis amigos. Y no siento que les odie, ni siquiera creo que me produzcan indiferencia. O muy equivocado estoy, o les quiero, aunque sea de una forma compleja o confusa. ¡Pero no quiero comprarles nada! No quiero gastarme ni un sólo duro en comprarles un regalo, muy especialmente cuando mi entorno me grita que debo hacerlo. Y... ¡Por supuesto que me gustan los regalos! Me encantan, sobre todo cuando son muy acertados e improbables de obtener por mis propios medios (por caros, por difíciles de encontrar, por incómodos de comprar), pero dejar de recibirlos sería un precio muy pequeño a cambio de no tener que hacerlos.

Pero no os asustéis: no todo es tejido ingrato y egoísta en mi corazón. Acabe haciéndolo o no, sí que me siento llamado a ayudar (de la forma que sea, con mi esfuerzo o con un dinero que me haya ganado con el mismo) a mi tía abuela Clarisa, que está atada a la cama de su marido porque éste, senil y enfermo, no puede quedarse solo ni un instante ni puede hacer apenas nada por su cuenta. También me siento llamado a hacer compañía a mi abuela Amparo, muy apenada tras la muerte de mi abuelo; o a escuchar a mi abuelo Antonio, sutilmente ignorado por sus hijos e hijas a causa de su carácter cerrado y su sordera; o a atender a mi abuela Nati, tan callada... O a intentar entender a mi padre, del que me aleja la desconfianza que me ha inculcado mi madre y su propia ambigüedad y aislamiento; o a intentar entender a mi madre, con quien tengo violentísimas y dolorosas discusiones... Mucha gente necesita regalos de este tipo, cosas insustituibles que no tienen precio alguno en moneda corriente y que no son equiparables a ningún objeto que podamos comprar (o incluso hacer con nuestras entrañables pero limitadas manos). Porque no son algo material.

Quizás debería preocuparme por no querer comprarle nada a nadie y porque no me importe en absoluto que ellos puedan querer que les compre algo, pero me siento totalmente inocente. Inocente y muy harto, sobre todo, de que la inmensa mayoría de la gente opine, no ya que deba hacer regalos (punto que algunos discuten), sino que debo querer hacerlos. Creo que lo que más me molesta es... ¡AAARGH! ¡Mirad por todas partes! ¡COSAS, cosas y más cosas! ¡Por todas partes! El hecho de que el consumismo haya invadido hasta el más mínimo resquicio de nuestras vidas durante estás fechas (realidad que muchos asumen y lamentan, pero que sólo a algunos irrita de verdad) no es ninguna novedad, pero siempre me pone furioso... ¡El interés por los objetos materiales, por la posesión, que resta importancia a las experiencias, el saber y los sentimientos, me parece de lo más absurdo, demente y dañino de la naturaleza humana! ¡Insoportablemente enfermizo! Y la Navidad... ¡Es la fiesta del consumo! ¡La orgía de las Compras! Otros argüirán que lo que da sentido a estas fechas es la familia, o las buenas acciones, pero yo me río de ellos: a mi familia (la que me importa de verdad: padres, hermanos y abuelos) la veo o la puedo ver cuando quiera, porque viven, casi todos, en mi propia ciudad. Tengo más familiares a los que quiero también, pero en mucha menor medida, y aún a estos también les veo o les puedo ver con cierta frecuencia. Pero la parte de mi familia a la que más quiero es pequeña y nunca se aleja demasiado de mí: la mía no es una gran familia unida, ni hay ningún pariente que esté haciendo la mili o que haya hecho las Américas y que venga de visita por Navidad (cosas viejunas).

En eso, estas fechas no son diferentes para mí al resto del año, pero es por circunstancias personales que entiendo que a otros no atañan. Pero, lo de que esta sea la época de las buenas acciones o los buenos sentimientos... ¡JA! ¡¡Y una mieeerda como una rosca de reyes!! ¿Cómo se puede decir que esta época destaca por las buenas acciones y pasear por un Cortinglés buscando el reloj que más le guste a la madre que nos parió, mientras a las puertas del Templo del Consumo (o tal vez ahí no, que no luce) algún viejo borracho se muere de frío? ¿Cómo podemos estar de cotillón con amiguitas y amigotes mientras alguna madre, en algún lugar, no tiene nada que darle de comer a su hijo, y decir que "la Navidad es una época de bondad"? A los que sufren por nuestra indiferencia esta oleada de bondad invernal debe de darles un poco de risa. Por supuesto, todos tranquilizaremos nuestras conciencias pensando 1) que ellos se lo han buscado, 2) o que ya votamos al partido correcto (el que acabará con el hambre en el mundo... un día de estos), 3) o que nuestra limosna a la salida de la iglesia habrá alegrado la vida a algún afortunado, o, incluso, 4) que nuestra colaboración navideña con la ONG "X sin fronteras" es más que suficiente... Todo ello reflejo de la miserable verdad: que en Navidad todos somos el mismo montón de mierda (unos más que otros, todos con irrisorias variaciones estacionales) que durante el resto del año. Y yo el primero, si me lo permitís. Una cosa más: si somos mejores sólo porque estamos en estas fiestas... Entonces sí que es para ponerse a llorar.

Por supuesto, habrá gente a la que todo esto se la traiga al pairo (vamos, que se la sude) y que piense (legítimamente) que las Navidades son la época de los cotillones, las cenas pantagruélicas, los regalos, las reuniones de familia y la exaltación de la amistad. Ellos, pobres sufridores, creen haberse ganado el estilo de vida que llevan sólo con el sudor de su frente (como si un trabajador de Bangladesh trabajara menos que ellos). Pues que disfruten las fiestas. Chin, chin. Brindo por ellos.

Existe otro tipo de especimen navideño: el que piensa que ya hace tanto o más de lo que debería para intentar que la Navidad (y el mundo en general) sea feliz para todos. Los que tengan la conciencia limpia (suertudos), que disfruten de este mundo tan perfecto que están contribuyendo a crear. El hecho de que haya mucha gente en todo el planeta tan ignorante que no sea capaz de ver que hay más cosas hermosas que miserias no debería empañar la alegría que estos santos samaritanos tanto se merecen.

En último lugar, los que nos sintamos como la mierda de siempre y creamos que hay poco, muy poco o "ns/nc" que celebrar, tenemos dos alternativas realistas: una, seguir con nuestras vidas anodinas; otra, sumarnos a la fiesta; en ambos casos, recordando beber lo suficiente para olvidar (qué irónico) toda la cruel hipocresía de la euforía navideña. Evidentemente, y todos lo sabemos, la tercera alternativa, la opción de intentar arreglar las cosas, no es más que otro ingenuo propósito de Año Nuevo.

Que la sucia y pocha realidad no nos impida ver brillar nuestra la Hermosa Realidad.¡A olvidar y a disfrutar, amigos!

jueves, 30 de agosto de 2007

Surtido de agosto

¿Preparados para algunas novedades tardo-veraniegas? Bien, pues empecemos, que tampoco quiero perder mucho tiempo...


¡MUDANZAS!

O debería decir "mini-mudanzas": mi padre (con el que vivo los domingos desde que él y mi madre se divorciaron) se ha cambiado de piso. Como consecuencia, hace dos fines de semana mis hermanos y yo tuvimos que llevar nuestras escasísimas* pertenencias a su nuevo piso, que ha resultado ser mucho mejor que el anterior (antiguo y un poco destartalado). Lo bueno es que el nuevo piso es enorme (140 m2), recién reformado (con muebles y apliques de diseño) y aséptico. Lo malo es... todo eso: cero hogareño y de ver-pero-no-tocar. Mi padre anda un poco maniático con que esté impecable: veremos cuánto tardamos mis cafres hermanos y yo en amaestrar al piso. Se aceptan apuestas.


¡PASATIEMPOS!

Y hablando de apuestas: ayer, Wences, mi hermano mediano, aburrido de no hacer nada, decidió aprender a jugar a un nuevo juego de cartas (en los que es, de hecho, un as**) que había descubierto yo hacía un tiempo: se llama "mutilar a Doña Cebolla" y nació como un juego imaginario de las novelas de Mundodisco, en las que no se detallaban sus reglas (más tarde inventadas por dos científicos*** de EE.UU.). Para que os hagáis una idea, es una versión más compleja del póquer con algunas reglas más y un sistema de apuestas un tanto enrevesado. De dos a siete jugadores, se juega con dos barajas (francesa y española, preferiblemente) de trece naipes por palo. Ayer jugamos mis hermanos y yo un total de 13 rondas: Viri 4, Wences 5, Valen 4. Conclusión: mi hermano tiene el talento propio de las alimañas.


¡LECTURAS!

¡Claro que sí! ¡Cómo no! En mis días de estudio algo tenía que hacer, ¿verdad? En lo que va de verano ya me he leído, por ejemplo, tres libros de Mundodisco: Hombres de armas, Mascarada y ¡Voto a bríos! (estos dos últimos, regalos de familiares por mi cumpleaños). También he leído Trilogía de Nueva York (tres cuentos de difícil valoración) de Paul Auster, y además estoy leyendo Los tres mosqueteros (que no consigue engancharme) y Fast food nation (imagen: póster de la película), un excelente trabajo de periodismo de investigación que muestra todo lo que hay tras la industria de la comida rápida (toda una filosofía y una práctica que se extiende como un cáncer a grandes sectores de la economía) y los peligros que representa para nuestra salud, para la de sus trabajadores y para la sociedad. Realmente impactante: no creo que vuelva a comer a un McDonald's jamás.


¡Y ESTUDIOS!

¡JAJAJA! ¡Que no, personitas! ¡Que es broma! ¿O qué os creéis? ¿Que me he unido a alguna secta? Ay, Señor...


Como podéis ver, no he salido mucho casa (echadle la culpa a mi yo culpable). En cuanto a mí en mí mismo, ando poco preocupado por los exámenes: inexplicablemente, me siento confiado. Irmandiños, teatro, el Colegio y las novatadas... Todos esos asuntos son cosas que le pasarán a otro Viriato. Lo único que tengo in mente (gracias por el latinajo, Olmo) por ahora, aparte del Septiembre Rojo, es cierta compra de vestuario que mi grupo de teatro (ATOPD) pretende hacer a la Royal Shakespeare Company. ¿Creéis que es broma? Pues no: mi agente en Inglaterra, Anido, está trabajando en ello. Por lo demás, sólo decir "¡hasta luego!" a algunos amigos a los que no veré en un tiempo: Santi se nos va a Bolonia por un año; Inesica, a Nothingham (ambos con la beca Orgasmus), y Naiara, a Deusto (al menos hasta Navidades).

Yo, por mi parte, me voy a estudiar un poco... o no habré estudiado casi nada. Y eso no es nada bueno, ni siquiera para los más afortunados.

¡Nos vemos!


* Escasísimas, entiéndase, las que teníamos y tenemos en el piso de mi padre, tanto en el viejo como en el nuevo. Estar sólo los domingos ha hecho que no volquemos nuestra vida en ese piso.
** Jajaja.
*** No es coña.

lunes, 13 de agosto de 2007

"Who whatches the Watchmen?"

Aunque sé que no he cumplido mi promesa de publicar más a menudo, no voy a deshacerme en disculpas: sería extenderme demasiado. Brevemente os diré, sin embargo, que sigo estudiando y que no he quedado mucho estos días, aunque sí he ido a ver, pobre de mí, Los 4 Fantásticos contra Silver Surfer... Para ayudarme a olvidar esa experiencia, metámonos de lleno en el asunto que me ha traído aquí de nuevo:



Para los que no lo sepáis, este cómic ha sido una de mis última adquisiciones culturales y, en este sentido, un enorme acierto a la hora de invertir el dinero que recientemente recibí por Haber Nacido. Os haré un resumen de mis flirteos previos con dicha obra: la primera vez que oí hablar de esta libro en términos lo suficientemente elogiosos como para interesarme (y para recordarlo) fue en mi colegio mayor. Posiblemente fue cierto veterano mío, Amín, quien me habló de él. Entonces, creo, tuve la oportunidad de leerlo, aunque la dejé escapar. Fue tras devorar con placer los diez volúmenes de The Sandman* (de mi amigo Anido) cuando me di cuenta de que el mundo del tebeo podía competir perfectamente con el de la novela o el cine. Habiendo llegado a esa conclusión, decidí entonces que leería Watchmen fuera como fuese. Hoy ya lo he leído.

Desde su publicación, la crítica mundial no ha encontrado ningun cómic comparable a Watchmen. Pero, ¿qué hace de este libro algo tan excepcional? Para responder bien a esta pregunta antes hay que explicar un poco de la historia del cómic de superhéroes: nacido en los años 30, alcanzó su madurez en los años 40 y 50, por lo que la Guerra Fría aportó al género toda una serie de tópicos que ahora le son propios (poderes atómicos, defensa de los valores americanos, etc.). Durante los años 80 (época en la que se publicó Watchmen), sin embargo, el cómic americano empezó a ver como muchos de sus lectores se pasaban al nuevo cómic venido de Japón, el cine o los videojuegos. Esta crisis de la historieta popular americana, junto con el ambiente desencantado de los propios años 80, hizo que el género diese un giro más profundo y adulto. Los artistas que protagonizaron ese cambio tal vez os suenen: Frank Miller (Sin City, 300), Neil Gaiman (The Sandman), Alan Moore (La Liga de los Hombres Extraordinarios, V de Vendetta)... Éste último, junto con el dibujante Dave Gibbons, es el responsable de Watchmen. Pero lo que hace que Watchmen sea un libro extraordinario no son (sólo) las circunstancias de su nacimiento: la reinterpretación (más seria, introspectiva y compleja) que se hace del superheroísmo tradicional en Watchmen lo convierte en obra cumbre del cómic americano y, según la revista Time, una de las 100 mejores novelas en inglés del siglo XX.

La acción transcurre, fundamentalmente, en la New York actual (de los 80's), aunque ciertos aspectos del contexto histórico, social y tecnológico nos indican que nos encontramos ante una realidad alternativa: Nixon en la presidencia (¡en 1985!), un Vietnam pro-americano, dirigibles seguros y coches eléctricos son sólo algunos de los cambios. Pero lo cierto es que la historia de este mundo sólo difiere de la nuestra por dos hechos: 1) la existencia, desde fines de los años 30, de justicieros enmascarados (watchmen, 'vigilantes'), y 2) la aparición, a principios de los 60's, del un ser humano con superpoderes atómicos (y, por ello, único superhéroe de la historieta): el Dr. Manhattan. Estos elementos, en realidad tópicos del género, adquieren en este libro un aspecto novedoso, más realista, creando un escenario fantástico pero familiar (e incluso nostálgico).

La trama echa a rodar cuando Rorschach, un vigilante ilegal perseguido por la justicia, descubre que el ex-vigilante conocido como El Comediante ha sido asesinado en extrañas circunstancias. Rorschach comienza entonces una investigación sobre la posible existencia de un "asesino de enmascarados", al mismo tiempo que nos embarca en una reflexión sobre las implicaciones del superheroísmo en un mundo real, muy diferente del maniqueo paisaje de los tebeos tradicionales.

En definitiva, Watchmen es uno de esos cómics que todo aficionado al cómic de superhéroes (Spiderman, X-Men, Batman...) debería leer. Sobre todo si se tiene algún tipo de aspiración intelectual. Y si la tiene pero no le apetece leer, siempre puede esperar a que la Warner estrene la versión cinematográfica en 2009 (que esperemos no sea un bodrio). No diré más por hoy. ¿Desea saber más? ¿Y/N? Y si no, siempre le quedará la duda...


Hasta más ver, damas y caballeros.


*NOTA: Recomiendo a quien no tenga problemas con el idioma que visite los artículos correspondientes de la Wikipedia en inglés. Como es evidente, son mucho más completos.